No hay jueces. No hay protecciones. En el Kyokushin, el golpe siempre llega. Kenji lo sabe — perdió su última pelea antes de que lo tocaran, delatado por su propia cara. Ahora su sensei le va a enseñar algo peor que golpear: a mentir con cada gesto, hasta que ni el dolor se le note. Antes del golpe, hay que matar la expresión.